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TRANSGRESIÓN Y ABURRIMIENTO





Cuando uno se ocupa de una realidad, en este caso, la televisión, tiene que ocuparse también de sus patologías. Más por deber que por inclinación. Una de ellas es Crónicas marcianas , subproducto que, con nocturnidad y alevosía, aspira a convertir el escándalo y la transgresión en espectáculo y entretenimiento. Juzgarlo desde el plano de los valores morales o estéticos sería hacerle un injusto favor. Debe ser juzgado por sus fracasadas pretensiones: intenta escandalizar y transgredir y sólo consigue aburrir y adormecer. Al menos, en la madrugada del jueves.

Para transgredir es preciso afirmar primero las normas y valores que se van a desafiar. Por ejemplo, el mito de Don Juan. Si Don Juan fuera un botarate inmoral, no habría alcanzado la categoría de mito. Pero lo que nos ofrece Sardá, quizá consciente del ridículo que brinda a sus invitados, es simplemente la corrección política llevada hasta su paroxismo y al esperpento. La liberación sexual se pasea por el callejón del Gato. Al menos, posee el valor de mostrar el absurdo al que conduce el olvido de la dignidad humana.

Porque si un reproche moral merece el programa no es tanto porque a veces intente agredir, sin éxito, a las convicciones de millones de españoles, sino porque, desde un progresismo más trasnochado que la hora de emisión, explota la indigencia intelectual y moral de la mayoría de los invitados. Porque hoy, cuando quienes aspiraron un día a encarnar el ideal regeneracionista aderezan sus cuentas de resultados con fútbol y pornografía, la exhibición de la sexualidad pervertida o de la inmundicia al por mayor carece del valor transgresor que tendrían la defensa de la desigualdad sexual o racial o la burla del sufragio universal. Lo que exhibe Sardá no produce indignación sino conmiseración.

En Crónicas marcianas , el humor se ha ido de vacaciones

Es como un teatro del absurdo sin teatro y sin absurdo. Los Hermanos Marx, despojados de la más mínima sombra de ingenio. Nada tiene sentido. Los invitados se suben a las mesas, un debate que no es debate, una música que no es música sino el rap más deleznable... De pronto, se interrumpe lo grotesco para moralizar sobre un trágico suceso. El programa de Sardá es una invitación involuntaria a la buena lectura, a la gran música y a la grata conversación.

(Ignacio Sánchez Cámara - ABC – 7 Abril 2000)