5.2.00

SARDÁ 401 Y MÁS





Han transcurrido 401 entregas de Crónicas marcianas y podrá decirse cualquier cosa acerca de este hecho, salvo una: no ha sido en vano. Hasta podría apuntarse una segunda conclusión imperativa sobre este aniversario: la inocencia carece de lugar en el medio televisivo.

Era una evidencia temida. Se acepte o no, con Un mundo implacable, dirigida por Sidney Lumet en 1976, el destino del medio parecía cantado. Cuerpos y almas se tasan según lo determine la cotización en la Bolsa de las audiencias. El duelo interpretativo entre Dunaway y William Holden no admitía medias tintas: corrupción o talento. El film de Lumet, anticipándose, aclaró el dilema.

Con el pretexto de Crónicas marcianas, el relato de Ray Bradbury, Sardá y sus mutantes dejan en esos términos el problema de la televisión necesaria o posible en la divisoria del 2000. ¿Corromperse para detectar novedades populistas, zafias en la mayoría de los casos, o envidar abiertamente por el talento? La pregunta renace con el programa 400 y, más importante, el 401 y los que vendrán. Nadie puede olvidar la prestigiosa apuesta inicial de Sardá: los marcianos invadían la Tierra para comer los higadillos de Pepe Navarro y su amplio elenco de inmoralistas: por Mississipi cruzaron gogós tontilocas, travestonas, pornostars ambidextros, transexuales castizos, ninfómanos polimorfos, enanos libidinosos, mimos risueños, drags muy peludas y otros monstruos con voz de canario flauta. Sardá venía con sus alienígenas como a limpiar la pus -o el imperio de la equis- que amenazaba derretir la pequeña pantalla y carcomía el orden de las familias medias, de pronto ansiosas, salidas, electrocutadas mañana, tarde y noche por las más sórdidas y chorreantes llamadas de la carne.

Sardá decretó barra libre (y americana). La imitación era el juego. Y acogió a sexólogas sexuagenarias, groupies jubiladas, pornostars borrachas de misticismo zen, neofascistas muy tapadas, pitagorines ensoberbecidos, ídolos del rock reciclados... Hoy extrañamos a un Galindo fresco, operístico y cascarrabias; al «rey del mambo» de Fuentes... y de los españoles todos; al insustituible Ironside malhablado, peleón y tierno que malvendió su silla de ruedas por unas firmes muletas; los tupés de Clapés, al viejito venerable que a veces trasluce el espíritu hermético del propio Sardá y a la desatada Paz Padilla. Con el 401, las Crónicas parecen el chalé adosado de un rizoso y sedado Boris Izaguirre. Late un ripio del espíritu original: derrochar, contra la atonía, mucho instinto. Felicidades.

(Francisco J. Satue - EL MUNDO – 5 Febrero 2000)